Disfrutar con los delicados cuentos de Chejov, con la prosódica música de Xenakis o con la belleza seca de los finales de Kasparian requiere un cierto aliento, una persistente predisposición hacia la trascendencia estética. Las viñetas gamberras de Gary Larson, los artículos historiados del suicida Foster Wallace o las angulas a la brasa del Etxebarri necesitan de un sentir diletante... regado de varios talentos de imbecilidad consentida, que igualmente se distrae con el gore de Peter Jackson que con los pájaros despiertos de Messiaen. Y es que la línea, gruesa, que separa lo gustoso de lo arbitrario es la misma que divide lo aprendido de lo esperado. Uno espera encontrar más (la sublimación, el avant-garde), y no hallándolo tiende a buscar menos (la retrocesión, lo naïf o dadá), hasta que la indolencia se impone de forma natural (la economía, el inquilinato): el Quijote se antoja demasiado clásico, y el Ulysses imposible (Finnegans Wake se queda, simplemente, en "inabordable"); Mahler respira clasicidad asumible y Stockhausen rezuma disconformidad gravosa; Lucian Freud borda, más que dibuja, la nausea del carácter, y Moore me fuerza a balancear mis principios y mis gustos; Pitigrilli rebosa erudición contradictoria, Jardiel rezuma misoginia amable y candor amargo, y Kafka necesita a Calasso para nostalgiarlo. La aprendida espacialidad de Las Hilanderas se troca morbosa cercanía carnal en El Bosco, y el gozoso barroco repetible de Cimarrosa se torna árida prosa orquestada en Wozzeck; Sílent Noon se puede aliterar con alguna canción grammínica de Herbie Hancock; y el circo, tan publicitado, se translitera y el teatro se vulgariza y comunaliza (como la vida en Rhinoceros). Mi vida está preñada de recuerdos borrosos (la séptima de Beethoven, los discos coloridos de Los Ramones, las pelotas y el arroz con conejo y caracoles, la Odisea en versión original, el desahucio médico) y de memorias vívidas, que no vividas, en lo instantáneo. Me quedan el monoaural de la Callas, la insistencia de Bierce, la textura de unas buenas gachamigas y quizás un fondo glicérico, como de Condrieu. Soy un aprendiz de Byron rescatado por Brummel, un vate inédito y un músico manco; soy un vástago de mi generación inservible, desgastado por la inacción que procuran las demasiadas referencias; soy, al fin, un redivivo esforzado ¡Maldito sea!
martes, 2 de febrero de 2010
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