martes, 2 de febrero de 2010
¡Maldito sea!
sábado, 4 de abril de 2009
Crac!
¡Mierda! Siempre había pensado que sonaría crac. Un crujir, al menos. Pero no: es como atizar un colchón. Empiezas con el empeine pero pronto golpeas con la punta de los pies, y notas cómo el cuerpo a tus pies se arquea y contrae de la misma forma que un pequeño pato cuando lo lanzas varias veces contra las paredes: sabes que algo se le rompe, pero no podrías señalar qué. Oh, poner el pie en el cuello es agradable: pisar, apretar, buscar con el zapato el espacio entre la barbilla y el hombro, notar cómo cede la resistencia y entonces levantar el pie y golpear la cabeza como un balón. Pero no suena seco, sino más bien como si agitaras una bolsa de basura. Y es que no aciertas a la cara la primera vez, así que tienes que repetir hasta que alcanzas de lleno la nariz, y entonces la próxima vez que golpeas la sangre te alcanza el pantalón. ¡Joder! Es compulsivo: necesitas ahora pisar, amartillar el pie e intentar aplastar el cuerpo encogido ante ti, sin importar si dañas o no. ¡Qué demonios! En una vieja película española vi cómo a un caballero feudal le cortaban y separaban la mano del brazo, meticulosamente, con desgajo profesional, y aquello me impresionó durante muchos años. Ahora me gustaría disponer de un hacha para cortar limpiamente, pero nunca vas tan preparado. Y entonces ves la mano seguida del brazo que se extiende en el suelo, como buscando asidero para levantar el cuerpo tullido. Y te apetece pisar la mano, intentar reventar cada dedo con la presión de tu pie. Pero no, no consigues el crac, porque es como si tuviera almohadillas, como los malditos gatos. O serán mis suelas de goma. Oh, me gustaría tener entonces un palo, algo con lo que castigar esa mano y luego atacar las piernas, las rodillas, en golpes repetidos y cada vez más rápidos. Pero no: sólo puedes patear el costado de una rodilla desde arriba. Intentas repetir los golpes en las piernas, pero éstas son más duras de lo que esperas y notas que no has venido con el calzado apropiado, que la última patada te ha hecho daño. ¡Dios! Me has jodido, cabrón, así que quiero levantarte, pero caes al suelo antes que pueda apalancarte para buscar el ruido, el crujir. Te caes e intento subirte de nuevo, pero casi no puedo sostenerte y vuelves a caer. ¡Mierda! Le cojo entonces el pelo de cerca de la nuca y le golpeo la cabeza contra el suelo, pero tiene el pelo muy corto y no puedo asirlo bien, así que le sujeto la cabeza con las dos manos y aplasto su nariz podrida contra el pavimento, le levanto la cabeza para golpearle desde arriba pero no consigo distancia, así que me exaspero y sólo le propino golpes en las sienes. Joder: estoy sudando. Pero no debo ponerme nervioso: sé que el crac está en algún sitio, esperándome.
Gloria Sintáctica
“Eres un cabrón irredento” –me espetó, en un momento de gloria sintáctica. Soy un cabronazo, me dije. Ella seguía llorando, o tal vez amplificando las lágrimas con insultos. Soy un hijo de puta cabrón y miserable, me repetía yo.
El Lavavajillas de mi Costosa Juventud
El lavavajillas de mi costosa juventud arañó y translució la superficie de mi carácter que, aunque yo nunca creí brillante ni transparente, ahora se ve ya sucia y gastada, incapaz de dar realce a contenido alguno. Desde que puedo recordar mi vida, mi vida, se ha gobernado por ciclos de lavado y por la frecuencia de la suciedad, así que la pulsión del arreglo periódico, del querer cambiar a mejor, de transmutarme, ha podido siempre más que el inconfesado anhelo de la dejadez, o más bien de la quietud; lo que tal vez se haya debido a que nunca me he considerado tenedor del pétreo comportamiento que hubiera facilitado que las miserias y sobresaltos de la vida me golpearan sin conmoverme: siempre fui demasiado voluble, incluso para cambiar. Mi niñez… no, mi parto, duró varios años, hasta que el cordón umbilical que me unía plácidamente a mi madre –no llores, no llores– se tornó casi invisible, y pronto, muy tarde pero pronto, mi contexto de realidad desapareció casi al mismo tiempo que mi compañero invisible de la pre-pubertad –quizás el más real que he tenido–, y fue sustituido por una imparable cantidad de libros. ¡Ah, sí, sí! Libros buenos, libros pretendidamente buenos, palabras, frases, referencias… ¡Ay, referencias! Yo buscaba asideros y podría decir que aún los busco, pero que ya no los requiero: podría decirlo, pero sería una sucia mentira (claro, claro, otra más, una licencia, un absceso): pretendía encontrar agarraderas para amarrar mi carencia de pulsión, mi ausencia de voluntad para perseguir un objetivo, cualquiera que éste fuera. Mi padre le contó al cura que lo que yo quería ser de mayor era… ¡actor de cine de terror! En realidad yo estaba ilusionado, leve pero tenazmente, en ser un émulo de Lon Chaney Jr., y no entendía bien ni la parte escolar ni las desventajas del maquillaje forzoso. ¡Ay! ¡Me dolía hasta decir “hola”! Pero me pierdo, me difumino… otra vez; otra vez necesito volver a mi discurso, a la sinrazón de mi vida, así doblemente errática; porque variados han sido mis rumbos y, sin embargo, nunca han constituido caminos ni rutas: tan sólo regueros de alpiste o, en sus mejores días, espliego oloroso con el que distraer el ánimo de los paseantes, de la gente circundante, de mis espectadores sobrevenidos. “¡Pasa, pasa, chaval!” –me decían en la calle de La Cruz–, y yo me escondía en mi vergüenza, y más tarde tras las espaldas de mis escasos acompañantes: pasa, pasa, pasa… ¡Pasa! Y así, más que transcurrir, discurrían mis días: entre la timidez y el arrebato de la enajenación infantil.