sábado, 4 de abril de 2009

El Lavavajillas de mi Costosa Juventud

El lavavajillas de mi costosa juventud arañó y translució la superficie de mi carácter que, aunque yo nunca creí brillante ni transparente, ahora se ve ya sucia y gastada, incapaz de dar realce a contenido alguno. Desde que puedo recordar mi vida, mi vida, se ha gobernado por ciclos de lavado y por la frecuencia de la suciedad, así que la pulsión del arreglo periódico, del querer cambiar a mejor, de transmutarme, ha podido siempre más que el inconfesado anhelo de la dejadez, o más bien de la quietud; lo que tal vez se haya debido a que nunca me he considerado tenedor del pétreo comportamiento que hubiera facilitado que las miserias y sobresaltos de la vida me golpearan sin conmoverme: siempre fui demasiado voluble, incluso para cambiar. Mi niñez… no, mi parto, duró varios años, hasta que el cordón umbilical que me unía plácidamente a mi madre –no llores, no llores– se tornó casi invisible, y pronto, muy tarde pero pronto, mi contexto de realidad desapareció casi al mismo tiempo que mi compañero invisible de la pre-pubertad –quizás el más real que he tenido–, y fue sustituido por una imparable cantidad de libros. ¡Ah, sí, sí! Libros buenos, libros pretendidamente buenos, palabras, frases, referencias… ¡Ay, referencias! Yo buscaba asideros y podría decir que aún los busco, pero que ya no los requiero: podría decirlo, pero sería una sucia mentira (claro, claro, otra más, una licencia, un absceso): pretendía encontrar agarraderas para amarrar mi carencia de pulsión, mi ausencia de voluntad para perseguir un objetivo, cualquiera que éste fuera. Mi padre le contó al cura que lo que yo quería ser de mayor era… ¡actor de cine de terror! En realidad yo estaba ilusionado, leve pero tenazmente, en ser un émulo de Lon Chaney Jr., y no entendía bien ni la parte escolar ni las desventajas del maquillaje forzoso. ¡Ay! ¡Me dolía hasta decir “hola”! Pero me pierdo, me difumino… otra vez; otra vez necesito volver a mi discurso, a la sinrazón de mi vida, así doblemente errática; porque variados han sido mis rumbos y, sin embargo, nunca han constituido caminos ni rutas: tan sólo regueros de alpiste o, en sus mejores días, espliego oloroso con el que distraer el ánimo de los paseantes, de la gente circundante, de mis espectadores sobrevenidos. “¡Pasa, pasa, chaval!” –me decían en la calle de La Cruz–, y yo me escondía en mi vergüenza, y más tarde tras las espaldas de mis escasos acompañantes: pasa, pasa, pasa… ¡Pasa! Y así, más que transcurrir, discurrían mis días: entre la timidez y el arrebato de la enajenación infantil.

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